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Nuestras reflexiones

Nuestras reflexiones
Para muchas organizaciones, el sello no es un hito reputacional, sino una herramienta estratégica: someterse a un estándar externo y exigente obliga a medir el propio impacto con rigor, identificar dónde hay margen de mejora y acreditar ante terceros que el compromiso con la sostenibilidad se traduce en resultados verificables, y no solo en buenas intenciones.
Al emprender el camino hacia la certificación, empresas como Familia Torres, que llevan años trabajando en esta dirección con rigor y convicción, se encuentran con un reto: no les falta la práctica, sino documentarla de forma que el equipo evaluador pueda contrastarla y acreditar su cumplimiento conforme a unos estándares que, efectivamente, no son específicos del mundo del vino.
Familia Torres no necesita presentación en el mundo del vino. Con más de 150 años de historia en el Penedès y presencia en más de 100 países, la compañía tomó una decisión pionera en el sector en 2008: cuando el cambio climático era todavía un debate mayoritariamente académico, fue una de las primeras bodegas del mundo en calcular su huella de carbono, tanto de emisiones directas como indirectas. Era el punto de partida de una transformación de fondo que, dieciocho años después, ha situado a la compañía entre los referentes climáticos del sector empresarial.
Una de las apuestas más ambiciosas de este recorrido es la viticultura regenerativa, un modelo que Familia Torres despliega desde 2020 y que, al cierre de 2025, ya aplicaba en 504 de las 900 hectáreas de viñedo que tiene en Cataluña.
Vale la pena detenerse aquí un momento. La viticultura regenerativa no es lo mismo que la producción ecológica. La agricultura ecológica se define sobre todo por lo que elimina: pesticidas y fertilizantes de síntesis. La regenerativa va un paso más allá y se define por lo que construye: suelos vivos. En lugar de tratar la tierra como un soporte pasivo donde crece la viña, busca activamente que el suelo recupere salud, estructura y vida microbiológica. En la práctica, esto significa un laboreo mínimo para no destruir la estructura del suelo, cubiertas vegetales permanentes que lo protegen de la erosión, compostaje con restos del propio viñedo y la reintroducción de biodiversidad y pastoreo. El resultado es un terreno que retiene más agua, resiste mejor la sequía y, sobre todo, deja de emitir CO₂ para convertirse en un sumidero que lo captura.
Esta última idea es clave. En un suelo trabajado de forma convencional, la materia orgánica se oxida y libera carbono a la atmósfera. En un suelo regenerado, el carbono queda fijado bajo tierra. El viñedo pasa, literalmente, de ser parte del problema a ser parte de la solución.
Conviene situar bien el mérito de Familia Torres. La viticultura regenerativa que despliega la compañía es, efectivamente, pionera en el mundo del vino, pero la agricultura regenerativa como tal no es ninguna novedad. Sus prácticas básicas tienen siglos de historia y se consolidaron como sistema moderno en cultivos extensivos y de secano (cereales, forrajes, hortalizas) a lo largo de las décadas de 1970 y 1980, cuando la siembra directa (no-till) ya se extendía por cientos de miles de hectáreas. El viñedo, en cambio, ha llegado tarde a esta transformación: su aplicación sistemática en el sector vitícola es muy reciente y todavía emergente, sin definiciones ni métricas del todo armonizadas. La razón no es de voluntad, sino de agronomía. La vid es un cultivo perenne, con raíces permanentes que compiten por el agua con las cubiertas vegetales, y en el que el equilibrio entre el vigor de la planta, el rendimiento y la calidad de la uva es delicado. No se pueden trasladar sin más las recetas de un campo de trigo, que se resiembra cada año, a una cepa que debe vivir décadas. Cada práctica tiene que repensarse y ajustarse al terreno concreto. Es justamente aquí donde reside el valor de lo que ha hecho Torres: adaptar la regeneración a un cultivo que se lo ponía especialmente difícil, y hacerlo a escala operativa y con resultados medidos.
Así como Familia Torres no adaptó el viñedo a un manual de regeneración pensado para otros cultivos, sino que adaptó la regeneración a las exigencias del viñedo, el proceso de certificación siguió la misma lógica: se trataba de adaptar la lectura del estándar B Corp a la realidad de la empresa, y no al revés. El trabajo y la ambición los ponía Familia Torres; desde R4S pusimos nuestro conocimiento sobre B Corp a disposición de la empresa para tender el puente entre sus prácticas y el estándar.
B Corp es un estándar global y multisectorial. Hasta la llegada de los Nuevos Estándares, evaluaba bajo un mismo marco a una empresa tecnológica, una consultora, una fábrica textil o una bodega. Los Nuevos Estándares introducen diferenciaciones por sector, pero en un caso como el de Familia Torres el marco de referencia sigue siendo amplio: la viticultura es una actividad muy específica dentro de un sector agrícola diverso, y ningún estándar sectorial recoge por sí solo sus tiempos y particularidades. Esta amplitud es, a la vez, la fuerza del movimiento B Corp y su dificultad. Porque, ¿cómo encaja una práctica tan concreta y tan ligada al terreno y a los ritmos de la naturaleza como la regeneración de un suelo vitícola?
Al acompañar a Familia Torres en el proceso, en R4S identificamos que el verdadero escollo sería salvar dos distancias concretas:

La primera brecha era de evidencia. Una buena práctica no puntúa por sí misma: tiene que convertirse en documentación, indicadores y datos auditables. Aquí el ejercicio técnico de Familia Torres fue ejemplar. La compañía aprovechó al máximo los datos de su huella de carbono, de los consumos de agua y del uso de enmiendas orgánicas, los vinculó con las conclusiones de sus proyectos de I+D en viticultura regenerativa y lo contrastó con publicaciones científicas de referencia.

Este rigor permitió cuantificar el impacto de forma defendible. Bajo el modelo de innovación de B Corp, la viticultura regenerativa de Torres se justificó por la vía de la eficiencia respecto al rendimiento pasado, que exige demostrar como mínimo un 50 % de reducción. Tomando como línea base la media de emisiones de 2020–2021 y comparándola con 2024, la reducción neta de emisiones de CO₂ por hectárea alcanzó el 52,59 %. Un detalle metodológico merece atención: se eligió la métrica «por hectárea» en lugar de «por botella» precisamente para aislar el efecto de la gestión del suelo de la variabilidad de las cosechas, muy condicionada por la sequía de esos años. Y el factor de secuestro de carbono aplicado (1.730 kg CO₂/ha/año, en el marco del proyecto Vitiregenere, grupo operativo, con la participación del IRTA) se mantuvo deliberadamente en el rango bajo de la literatura científica. Dicho de otro modo: se calculó a la baja, por prudencia. Cuando una cifra tiene que resistir el escrutinio de un auditor, la credibilidad vale más que la espectacularidad.
La segunda brecha era pedagógica. Había que ayudar al equipo evaluador a entender una realidad agronómica muy particular: que la regeneración de un suelo no se mide en trimestres sino en años (la ciencia indica que hacen falta entre 5 y 10 años para observar cambios significativos en el carbono del suelo), y que la fase de transición puede incluso aumentar temporalmente algunas emisiones antes de reducirlas. Explicar estos tiempos propios de la naturaleza, para que no se leyeran como una debilidad sino como una prueba de solidez a largo plazo, fue una parte esencial de nuestro trabajo.
El equipo experto de R4S tendió el puente entre el conocimiento técnico de Familia Torres y el lenguaje del modelo B Corp. Nuestro enfoque consistió en interpretar un estándar exigente que conocemos en profundidad, adaptarlo al contexto real de la empresa y acompañar al equipo de Familia Torres en la construcción de evidencias lo bastante sólidas para que un tercero con los más altos estándares pudiera verificarlas.
Para que la certificación sea realmente estratégica, en R4S trabajamos interpretando el estándar a la luz de las buenas prácticas de cada empresa. Pero la relación es de doble dirección: el estándar también transforma. Allí donde detectamos carencias, la certificación empuja a la organización a mejorar, y a menudo son las propias empresas las que impulsan cambios positivos para encajar en él.
Lo resume bien Josep Maria Ribas Portella, Climate Change Manager de Familia Torres, al preguntarle por el principal aprendizaje del proceso:
«Demostrar las ventajas de la viticultura regenerativa en el marco de un estándar tan exigente como B Corp ha sido, al mismo tiempo, un gran reto y una gran oportunidad. Por un lado, ha supuesto todo un reto sintetizar una práctica con un impacto de gran alcance. Hemos aprendido a aprovechar al máximo los datos de nuestra huella de carbono, de los consumos de agua y del uso de enmiendas orgánicas; a vincular esta información con las conclusiones de nuestros proyectos de I+D en viticultura regenerativa, y, finalmente, a contrastarlo con los resultados de otras publicaciones científicas de referencia. Por otro lado, este ejercicio nos ha brindado una gran oportunidad: hoy podemos hablar de viticultura regenerativa en Familia Torres con un relato sólido, comprensible y avalado por la certificación B Corp. Esto nos permite explicar de forma clara, coherente y verificable el impacto real de nuestra forma de trabajar en el viñedo.»
Como resultado, la viticultura regenerativa quedó reconocida en la evaluación B Corp, conectada con ámbitos transversales que el estándar valora, como la biodiversidad, la salud del suelo y la gestión del agua. Una práctica propia del mundo del vino encontró su lugar en el lenguaje universal de la certificación.
Este reconocimiento, además, abre una puerta que va más allá de una sola empresa. Mireia Torres Maczassek, directora de Innovación y Sostenibilidad de Familia Torres, lo expresa mirando al conjunto del sector:
«Contar con la validación B Corp refuerza con evidencias y credibilidad que este modelo es una estrategia óptima para el futuro del viñedo y del vino. La viticultura regenerativa permite fomentar la biodiversidad en los ecosistemas vitícolas y fijar carbono orgánico en el suelo, contribuyendo a mitigar el impacto ambiental, a la vez que mejora la estructura y la salud de los suelos a largo plazo, lo que hace que los viñedos sean más resilientes frente a los efectos del cambio climático.«
Esta vocación de crear escuela se concreta en la Asociación de Viticultura Regenerativa (AVR), que Familia Torres cofundó para crear un espacio de referencia donde viticultores y bodegas puedan compartir experiencias y conocimiento, promover la certificación en viticultura regenerativa (Organic Regenerative Viticulture Alliance – ORVA) aportando rigor y credibilidad al modelo, y vincular el valor añadido de los vinos a prácticas responsables y sostenibles.
El caso de Familia Torres deja una lección útil para cualquier empresa que apueste de verdad por generar impacto positivo: cuando se trata de certificar la sostenibilidad, el reto no termina con la implantación de buenas prácticas, sino cuando logramos documentarlas, cuantificarlas y explicarlas de forma que un marco externo, exigente y global pueda verificarlas.
Hacerlo bien es el primer paso. Saber demostrarlo es lo que convierte una convicción en un activo reconocido. Y ese, a menudo, es el puente que marca la diferencia.
En R4S hemos acompañado a Familia Torres en su proceso de certificación B Corp. Si quieres saber cómo traducir las buenas prácticas de tu organización a un marco verificable y reconocido internacionalmente por empresas y ciudadanía, contáctanos para explorar tu caso.